"El mundo que sólo tú conoces"
Escrito e ilustrado por Aixa Sánchez, de 3er año "A"

Aún recuerdo como se supone que es "el mundo real".

En esta ciudad, nada es como debería. Los edificios y árboles pueden ver y moverse. El cielo es blanco, brillante y cegador, incluso parece estar hecho con trozos de papel. El pasto tiene marcas negras, y a la gente que vive aquí no le parece raro. Pero estoy segura de que no debería ser así, en el mundo real el cielo es azul y el pasto verde, y a las personas de allí les parece normal también.

No recuerdo demasiado. Sé cómo debería ser todo, pero no logro acordarme de mi nombre, o si lo tuve alguna vez, no tengo idea de qué edad tengo, ni de cuánto tiempo llevo aquí.

Sé que ese mundo, ese donde el cielo es azul y el pasto verde, existe, porque si me concentro, si presto mucha atención al mirar hacia el horizonte, puedo ver como el firmamento lleno de estrellas se mezcla con el que se cierne sobre mí. Blanco y monótono.

El cielo tiene unas partes negras que se ven como si fuesen pianos extraños, pero de vez en cuando desaparecen. No me gusta mirarlos, porque por ahí llegan "Los Nuevos". Frecuentemente, una de estas manchas se colapsa y de ella surge una persona, siempre están desorientados, pero no saben nada de cielos azules ni de pasto verde.

Algunas veces me pregunto si estoy viva. Si esto es antes o después de la vida. Si viví y morí, o si aún debo hacerlo, para luego regresar a este lugar. Cuando intento caminar hacia el horizonte, donde ambos cielos se mezclan, siempre vuelvo al inicio. La ciudad no me deja salir. Y aun así sigo intentando.

Los Nuevos se adaptan rápido. Logran vivir—suponiendo que estemos vivos— aquí sin ningún problema, con total normalidad, y sin tener idea del otro mundo, aquel al que yo intento llegar. Porque es el mundo real.

Muchos desaparecen. ¿Han logrado salir de la ciudad?, ¿han renacido?, o, simplemente, ¿se han desvanecido? no lo sé, no quiero saberlo. Sólo intento irme.

Al menos, hasta que llega él.

No se parece a mí. Él tiene ojos verdes, yo grises. Su pelo es negro, el mío rubio. A él realmente le gusta la ciudad.

— ¿Por qué irse?—pregunta siempre.

Estamos, como de costumbre, en la parte más elevada de la ciudad, desde la cual se puede ver todo. Él se pierde mirando los edificios, que se mueven y hablan, el agua, de un pálido color rosa, y el cielo. Siempre mira el cielo. Por un momento, siento celos del inusual paisaje.

—Porque si nos quedamos, vamos a desaparecer.

—Tal vez desapareces cuando te vas.

Él tampoco recuerda su nombre, y no es muy diferente del resto de Los Nuevos, pero sabe del cielo azul y del pasto verde. Y aún no ha desaparecido. Eso es bueno, me recuerda que no he perdido la cordura, o eso creo.

Me acompaña cuando intento salir, dice que no quiere separarse de mí; yo creo que es porque sabe que no va a funcionar. Pero me gusta tomar su mano, así que vale la pena.

—Además—digo—, éste no es el mundo real.

— ¿Y cómo sabes? aquel podría ser el falso.

Nunca contesto, porque sé que es verdad. Él sonríe, para luego decir que no importa y, que si quiero salir, saldrá conmigo. Sonrío también, y vuelvo a tomar su mano.

—El cielo me gusta—dice él de repente—, parece que pudieras dibujar cualquier cosa.

— ¿Para qué querrías dibujar en el cielo?

Esta vez es él quien no responde, y yo dirijo mi mirada a los trozos de papel que fingen ser un firmamento. Sigue sin gustarme, aunque la posibilidad de escribir en él una historia—nuestra historia—se me hace tentadora.

Nos quedamos en silencio, y él parece triste, suspira y comienza a caminar.

— ¿Y para qué quedarse?—pregunto de repente, él me mira confundido.

—Para ser felices—contesta sin vacilar—, los dos.

— ¿Y si desaparezco? ¿Y si lo haces tú?

—Volveremos a aparecer juntos, en el mundo que te gusta.

— ¿Cómo podrías saberlo?

—Porque lo sé. Así debe ser.

Confío en él. De repente, como por arte de magia, la ciudad deja de parecerse a una jaula, para convertirse en algo más parecido a un hogar. El cielo parece brillante y cálido, además de poseer infinitas posibilidades. El pasto negro se ve como tinta, complementando el cielo de papel, y el agua rosa, inesperadamente, se ve deliciosa. Los edificios resultan alegres y, aunque el paisaje no ha cambiado en absoluto, lo siento mucho más perfecto. Sé que es porque él está allí, y, sin esfuerzo y sin proponérmelo, abandono todo de deseo de salir.

Me sonríe, y yo corro hasta él para abrazarlo. En ese momento, cuando siento que sus brazos me rodean, me pregunto cuánto tiempo seremos felices en este mundo antes de nacer juntos en el siguiente. Y cuánto tardaremos en volver aquí.


Día de la reafirmación de los derechos del estudiante secundario

La noche de los lápices

 

Por Lara Catalano    3er año “B”

 

Ese lunes, tercer año B y C, se transformó en un gran grupo de estudiantes, que se puso a trabajar para mostrar qué significa “La noche de los lápices”.

Aparecieron entonces elementos que representaban en el ideario popular el tema de las desapariciones: siluetas de rostros sin otro rasgo que un signo de pregunta, lápices que representan la condición de estudiantes, el boleto de colectivo, que era por lo cual luchaban, los nombres de los jóvenes aún sin ser hallados, frases como “nunca más” o “los lápices siguen escribiendo”.

Y todos estos elementos, debían combinarse para armar una idea. Y se logró usando diferentes técnicas. Así, algunos alumnos pegaban cosas, otros usaban el sténcil de los lápices, de los boletos o de las frases, para dejarlos estampados una y otra vez, otros alumnos completaban la idea dibujando. Y en este collage, pudimos contar lo que pasó esa noche. Y lo hicimos desde el color porque nos consideramos privilegiados al poder decir sin ser callados o de poder disfrutar de las libertades y los derechos que nos brinda vivir en democracia.

 

 

 


LINKS DIFERENTES TRABAJOS

HUMOR GRAFICO

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